martes (aunque parece un viernes) y te escribo desde el despacho...
después de haber perdido casi una hora de mi vida haciendo cola en el
banco, en parte por culpa de un señor con unos pantalones rosas, que
tenía graves problemas (y no solo por que no le fuera la cartilla) y en
parte por culpa de una cajera para la que, al parecer, la palabra prisa
no significa nada concreto...
en fin, que es martes y estoy en mi mesa después de una semana en la
caja, tengo todos los regalos navideños y casi todos los de reyes, y he
conseguido relativizar tanto las cosas, que pese al montón de facturas
que debería estar sentado, y pese a que tengo la caja sin hacer, y un
albarán que empecé ayer y no terminé, esperando que lo acabe, como ves,
en vez de estar haciendo algo útil, he abierto el editor, dispuesta a
seguir con el hilo de mis lecturas...
martes y hoy te contaré que estuve leyendo un libro precioso: los pasajeros del jardín de
silvina bullrich... libro que tenía hacía tiempo metido en el armario y
que saqué la semana pasada, no me preguntes porque, porque en general
no sé el porque de mis lecturas...
había grandes ciudades y ellos no lo ignoraban. recordaban con leve, casi imperceptible escalofrío de angustia las anchas avenidas bien iluminadas, los cafés con luces de neón, las callejuelas de los suburbios empedradas, los tachos de basura en los umbrales, los amplios parques cercados por rejas, las reuniones a las que se creían obligados a asistir por un compromiso tácito con un medio social adoptado una vez por todas. al menos en ese momento suponían que esos compromisos y ese medio eran ineludibles.
silvina bullrich (los pasajeros del jardín)
y así empieza esta historia, en cursivas, en una especie de introducción
que nos cuenta como es un amor que está a punto de cambiar para
siempre...
un amor del que conoceremos el triste final por culpa de una enfermedad
(y no te estoy contando el final del libro, sino el planteamiento...
porque la bullrich desde el principio nos dice que estamos asistiendo a
un final, y de hecho el libro no es otra cosa que como la protagonista
se prepara para ese final, o quizás más bien, como finge, por amor, no
verlo venir...)
una protagonista que escribe: "cuando
sales todavía hay escarcha pero ya el cuarto no me parece tibio ni
acogedor, ha quedado el enorme boquete de tu ausencia. luego cada uno de
mis actos cobra la importancia de lo que hay que consignar."
y que dice que "la hora del amor
es la siesta y el atardecer, y los largos domingos por la tarde, y el 25
de mayo, el 9 de julio, navidad, año nuevo, reyes, el día de la
inmaculada concepción, el 1° de mayo, los días de huelga, si es posible
general, el día de la reconquista, los sábados también"....
un libro precioso y doloroso... de los que quizás no te hacen llorar,
pero que te atan un nudo en la garganta que no se desata al cerrar el
libro...
(quizás porque el año que se acaba me enseñó, que esas cosas pasan, y
que hay enfermedades que se llevan en cuestión de semanas a las personas
que queremos...)
y antes de cortar y cerrar, que se me está empañando la mirada y no era
eso lo que pretendía al empezar a escribir este post, me vas a dejar que
te copie otra cita de esta preciosa novela... quizás porque sin esa
evasión de la que habla la bullrich, no habría sobrevivido al principio
de este año que ahora se termina...
una mujer y un hombre que se quieren, conocen el uno en brazos del otro la única evasión contra la cual se quiebran las rastreras inquietudes de la vida cotidiana. la seguridad de que el amor es uno de los deberes primordiales del hombre y de la mujer fue para mí casi una moral; siempre he creído que ser feliz es un deber, y quizá la única manera de alcanzar una dicha pura sin ambiciones ni vanidades, un placer sin placeres, una riqueza sin sucios billetes de banco, una gloria sin mezquinos éxitos, es el amor.
silvina bullrich (los pasajeros del jardín)
y ahora corto y cierro...
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