sobre veinticincos de octubre...

sábado y te escribo desde el despacho (aunque ya sabes que los sábados no suelo escribir...)


sábado y hoy vengo, porque ayer fue veinticinco de octubre, y un veinticinco de octubre de mil novecientos treinta y ocho (ayer hizo setenta y cinco años) se fue alfonsina storni...





y ya sabes como soy... ya sabes que hay fechas que es difícil dejar pasar sin decir nada...





así que te diré que fue ella quien me dijo que bien pudiera ser que todo lo que en verso he sentido no fuera más que aquello que nunca pudo ser, no fuera más que algo vedado y reprimido de familia en familia, de mujer en mujer...


fue ella quién me enseñó ¿cómo decir el mal que me devora. el mal que me devora y no se calma?


la que me dijo aquello de mujer: tú la virtuosa, y tú la cínica, y tú la indiferente o la perversa; mirémonos sin miedo y a los ojos: nos conocemos bien. vamos a cuentas... la que me habló de esa armadura que llevamos, y que es mejor conservar, pues si algún día destruirla pretendiérais, del solo esfuerzo de arrojarla lejos os quedaríais como yo, bien muertas...


fue ella la que me enseñó a dar gracias por este don supremo del verso, que me diste... la que dijo que quizás yo también soy la mujer triste a quien caronte ya mostró su remo... y a preguntarme que fuera mi vida sin la dulce palabra?...


y que soy suave y triste si idolatro, que puedo bajar el cielo hasta mi mano cuando el alma de otro al alma mía enredo. (y que plumón alguno no hallarás más blando.)


fue ella quien me hizo darme cuenta de que cada día que pasa, más dueña de mí misma, sobre mí misma cierro mi morada interior; en medio de los seres la soledad me abisma. ya ni domino esclavos, ni tolero señor.


fue ella quien me contó que a veces las palabras pueden estar degolladas, o ser redes del más aquí y el más allá, medialunas, peces descarnados, pájaros sin alas, serpientes desvertebradas


y que todos tenemos una hora cobarde, una hora de hastío cuando muere la tarde.


y que estoy en ti. • me llevas y me gastas. • en cuanto miras, en cuanto tocas, vas dejando algo de mí. • porque yo me siento morir como una vena que se desangra...









oh, esta noche, esta noche, me tiraría triste

debajo de la luna y te diría: ven,

oh muerte bienhechora, que para ti me hiciste.

apágame los ojos y anúlame la sien.

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